Apuntes del natural, cartas a ti

El origen del mundo, de Gustave Courbet

Más que representar lo real, este cuadro nos transmite la fascinación de una mirada sobre la realidad. Porque también la mirada forma parte de la realidad representada. Sea un zorro agazapado en la nieve o el sexo de una mujer, Courbet logra situarnos con sus cuadros en el terreno de lo admirable sin caer nunca en lo evidente ni en la provocación. El origen del mundo, siendo explícito, elude lo obsceno; es sexual, pero evita la pornografía. Más delicado y sugerente que obvio, Courbet rompió en este cuadro con todas las ataduras del falso amor cortés y nos ofreció una obra donde la belleza y el deseo de un instante quedan como suspendidos en el tiempo.

El origen de mundo (1866). Musée d’Orsay, París

La Renta Básica Universal y la pandemia del coronavirus

Algunos sostienen que uno de los inconvenientes del Estado del Bienestar es que la recepción de una ayuda vinculada a una situación particular estimula el fraude. Puede ser cierto. De alguna manera, los cortes que se establecen también empujarían a muchas personas a cumplir sus requisitos. Se favorece así la picaresca y el mercado negro: personas que no declaran todos sus ingresos acceden a becas para sus hijos; viviendas de precios regulados son revendidas con contratos y dinero opacos… Muchas personas que necesitan ayuda quedan excluidas por la línea de corte; algunas personas que no la necesitan se benefician del esfuerzo colectivo. En torno a la gestión de estas ayudas condicionadas, se engrosa innecesariamente la burocracia.

La educación obligatoria y la sanidad, en cambio, son servicios públicos universales incondicionados, de los que cualquier ciudadano dispone con independencia de su condición o situación social. Estos dos pilares del Estado de Bienestar son el resultado genuino de una redistribución inspirada en el principio de igualdad. Que todo el mundo acceda a la mejor educación, que nadie se quede sin la mejor asistencia sanitaria.

La renta básica universal se basa en este modelo redistributivo y se inspira en el mismo principio de igualdad. El estadounidense Scott Santens aboga en el siguiente artículo por la aplicación de una renta básica incondicional para hacer frente a los efectos económicos de la pandemia.

Scott Santens: ¿Debemos proporcionar una renta básica universal de emergencia a todos, o sólo a aquellos que lo necesitan?

(sábado 28 de marzo de 2020)

*

Ilusiones y miedos

Damos nombres propios a nuestras mascotas, a los parajes únicos, a las tormentas, a nuestras obras artísticas, pero de esta rosa y su perfume, como escribió Umberto Eco, sólo quedará el nombre de la rosa, que es el nombre de todas las rosas.

Asignar un nombre propio a una flor es extraordinario y se explica tan sólo por circunstancias extraordinarias. Fue en Holanda, hacia 1637, cuando un comerciante dio a este hermoso bulbo de tulipán el nombre de Semper Augustus, eternamente hermoso y magnífico. Como todo tulipán, como toda flor, de su olor quedaría sólo el nombre. Hoy nos queda su nombre propio y este retrato, que es el testimonio de una ilusión.

Semper Augustus fue vendido por la suma récord de 6.000 florines en la época de euforia colectiva conocida como Tulipomanía, cuando los bulbos de tulipán eran tan codiciados que se trocaban por carrozas, se postulaban como dotes y eran subastados al alza.

Como en toda euforia especulativa, el último nuevo rico vendió su tulipán al primer nuevo arruinado, que luego vio que nadie quería pagar por su tulipán más de lo que él había pagado, ni siquiera la mitad, y que al día siguiente contempló horrorizado que su ejemplar se iba marchitando.

Las furias especulativas nacen de la tendencia humana a la ilusión colectiva y se imponen en ausencia de una evaluación serena. Cuando eso ocurre, la visión se ofusca. Un muchacho que, asistiendo a la subasta de Semper Augustus, observó que el precio de 6.000 florines no se correspondía con su valor, fue desmentido por el hecho engañoso de que hubo un comprador dispuesto a extender el cheque. Por no callar a tiempo, el muchacho fue objeto de burla entre sus amigos y abandonó el lugar abochornado.

Parece existir un equilibrio entre la ilusión y la evaluación, una balanza cuyo fiel se clava en la base misma de la vida individual y colectiva. Solemos ver la ilusión como ese ánimo optimista que tantas veces nos ayuda a superar nuestros límites y a conseguir cosas que pensábamos difíciles, si no imposibles. Pero quizás exista, como el reverso de la ilusión, otra tendencia oscura y aún más perversa. No sé si este reverso sería el miedo. Como la ilusión, también el miedo puede resultar beneficioso, cuando nos invita a evitar peligros no ya complicados, sino insuperables.

Las furias especulativas también pueden crecer en torno al temor. Igual que la ilusión eleva los precios e impulsa las grandes empresas colectivas, se especula con los miedos, que, agazapados entre nosotros, se presentan de vez en cuando para cobrarnos un precio que no podemos permitirnos y que quizás no valgan.

El bulbo Semper Augustus, acuarela anónima del siglo xvii

(martes 17 de marzo de 2020)

*

Una villa a las afueras

Unos cuantos jóvenes se refugiaron en una villa a las afueras de la ciudad. Era el año 1348 y la peste bubónica abrazaba Florencia. Aquellos personajes, para llenar sus horas de ocio, se contaron historias jocosas y trágicas, de amor y de aventuras, recuerdos de su pasado, de la vida de la ciudad y de lo que soñaron y nunca ocurrió. Al dar voz a sus personajes, Boccaccio hizo renacer la novela después de diez siglos de oscuridad.

Alguien ha escrito que hoy estos jóvenes han cerrado la puerta de sus dormitorios para jugar frente a la pantalla del ordenador. Quizás no. O no todos. Es posible que en una villa, aquí cerca, de nuevo unos pocos personajes ya estén reunidos. Habrá unas horas de silencio a lo largo de un pasillo, con puertas que se entornan y pisadas y rumor de risas…

El relato siempre comienza por un personaje que se anima a dar voz a lo que acaba de imaginar.

(13 de marzo de 2020, viernes, alrededores de Madrid)

El Decamerón, de Boccaccio

Algo que decir, algo que contar. Un gesto.

*

Te ocurrirá algún día.

Paseando por un paraje o pasando ante la marquesina de un centro comercial, coincidirás con un grupo de personas (quizás adolescentes, quizás no) con tendencia al gregarismo, a tapar sus carencias tras una máscara de burla, no demasiado embrutecidas como para no entender, pero con el ego tan alterado como para no tener disposición de entender.

Los saludarás, porque no hay nadie más alrededor y te parece un gesto de buena educación. Sin embargo, ellos te arrojarán a los pies algo absurdo. Una colilla de cigarro, el envoltorio de un bocadillo, a lo peor un escupitajo. Tendrás que decidir si merece la pena detenerse a razonar o si es preferible seguir tu camino. Siempre es preferible detenerse, pero no mucho tiempo. Bastan cuatro palabras de censura, un gesto de desaprobación.

Hace años, bajando las escaleras de una boca de metro en Madrid, un tipo me arrojó desde arriba una lata de cerveza. Cayó a mis pies y me salpicó los pantalones.

Miré hacia arriba. Recuerdo su aspecto, pero no lo describiré, porque su posterior reacción lo describirá mejor. Apreté los labios y ladeé la cabeza mientras lo miraba. Levanté la mano en un gesto de paciencia. Luego me di media vuelta y seguí mi camino… Entonces oí un eructo a mis espaldas.

Hoy proliferan en España los eructos. Estoy limpiándome otra vez los bajos de los pantalones.

(4 de agosto de 2019, domingo)

*

Tengo en las manos un ejemplar de Cartas a Theo, de Vincent Van Gogh: las cartas que el pintor escribió a su hermano a lo largo de muchos años.

Cuando leí por primera vez este libro, aún no me gustaba la pintura. En sus cartas, Van Gogh escribía acerca de los paisajes que visitaba en sus caminatas y paseos, sobre cómo plasmar la luz y el color de una llanura, de un rostro; cómo desde el motivo hasta la forma definitiva en el lienzo, luchaba por desarrollar el estilo por el que ahora todos lo conocemos… Algunos libros funcionan como aquella magdalena que llevó a Proust a escribir A la busca del tiempo perdido.

Leí por primera vez Cartas a Theo en unas circunstancias singulares, en un cuartel, y por recomendación de un compañero pintor, un amigo al que no he vuelto a ver. Pudo disponer de un cuarto con sus lienzos y pinceles, donde pasaba sus ratos libres. Lo recuerdo abriéndome la puerta de su refugio, con su bata blanca salpicada de óleo.

He abierto el libro por una página elegida al azar y he leído un párrafo. Luego he vuelto a cerrarlo:

«Tengo en marcha un nuevo motivo: campos en la lejanía, verdes y amarillos, que he dibujado ya dos veces y que comienzo en cuadro, absolutamente como un Salomón Goning, ya sabes, el alumno de Rembrandt, que hacía las inmensas campiñas planas…»

(21 de junio de 2019, viernes)

*

El lector imaginado (the construed reader)

¿Para quién escribe el novelista? ¿Para los lectores, para sí mismo?

Estamos casi solos a la hora de escribir, aún más solos que a la hora de leer. La autocrítica es una virtud literaria: en toda buena obra late la pulsión de dialogar, incluso discutir con uno mismo, con nuestras lecturas, con nuestros modelos literarios y con el texto, con un lector imaginado que es tan exigente como nosotros mismos. Una buena obra literaria es también el resultado de una lucha por perfeccionarla sin darla nunca por perfecta.

La autocomplacencia produce monstruos. Intentar complacer a los lectores produce, por lógica, obras complacientes.

(de la carta abierta a otro escritor, en Facebook, el 19 de junio de 2019, miércoles)

*

¿Un lector imaginado, tan exigente como nosotros mismos?

«Yo no escribo para un millón de lectores, ni para diez mil, ni para cien… yo escribo para ti.» 

(aforismo incluido en el volumen Agua,
ACVF – La Vieja Factoría, 2016)

*

Consulto a menudo la Wikipedia.

Los ilustrados Diderot y D’Alembert soñaron hace más de dos siglos con un gran compendio de todo el conocimiento humano. La titularon «Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios».

Primer tomo de la Enciclopedia

Aquellos primeros volúmenes, que en unas décadas serían más de cien, empequeñecen ante esta nueva enciclopedia en internet que sigue creciendo día a día, a cada hora.

De todos los recursos que internet y la revolución digital han incorporado a nuestras vidas, pienso que la Wikipedia es uno de los más beneficiosos. Ya ha transformado nuestra manera de pensar e interaccionar. No hay sabio que, en un debate, no sea cotejado con una consulta a un clic.

La Wikipedia hace cierto el diagnóstico que etiqueta a nuestra época como «Sociedad de la Información».

Esta nueva enciclopedia es deudora del concepto informacional del conocimiento y la cultura que irrumpió en la Ilustración. Pero hoy día ya intuimos que el conocimiento es más que información. Sucumbiremos bajo el peso de los bits si no aprendemos a seleccionar, a valorar y a olvidar. Seleccionar lo relevante, valorarlo de acuerdo con nuestros objetivos y el contexto, y olvidarlo si aquí y ahora no nos es útil: mañana, si es necesario, podremos recuperarlo en un instante.

Se diría que el conocimiento es en cierto modo un arte.

(10 de junio de 2019, lunes)

*

Si retratas a otra persona con tus prejuicios, harás un pobre retrato de ti mismo.

(7 de junio de 2019, viernes)

*

«Estudio de una lila» (1526), de Alberto Durero

Un comentario

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s