Apuntes del natural, cartas a ti (verano de 2019)

Te ocurrirá algún día.

Paseando por un paraje o pasando ante la marquesina de un centro comercial, coincidirás con un grupo de personas (quizás adolescentes, quizás no) con tendencia al gregarismo, a tapar sus carencias tras una máscara de burla, no demasiado embrutecidas como para no entender, pero con el ego tan alterado como para no tener disposición de entender.

Los saludarás, porque no hay nadie más alrededor y te parece un gesto de buena educación. Sin embargo, ellos te arrojarán a los pies algo absurdo. Una colilla de cigarro, el envoltorio de un bocadillo, a lo peor un escupitajo. Tendrás que decidir si merece la pena detenerse a razonar o si es preferible seguir tu camino. Siempre es preferible detenerse, pero no mucho tiempo. Bastan cuatro palabras de censura, un gesto de desaprobación.

Hace años, bajando las escaleras de una boca de metro en Madrid, un tipo me arrojó desde arriba una lata de cerveza. Cayó a mis pies y me salpicó los pantalones.

Miré hacia arriba. Recuerdo su aspecto, pero no lo describiré, porque su posterior reacción lo describirá mejor. Apreté los labios y ladeé la cabeza mientras lo miraba. Levanté la mano en un gesto de paciencia. Luego me di media vuelta y seguí mi camino… Entonces oí un eructo a mis espaldas.

Hoy proliferan en España los eructos. Estoy limpiándome otra vez los bajos de los pantalones.

(4 de agosto de 2019, domingo)

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Tengo en las manos un ejemplar de Cartas a Theo, de Vincent Van Gogh: las cartas que el pintor escribió a su hermano a lo largo de muchos años.

Cuando leí por primera vez este libro, aún no me gustaba la pintura. En sus cartas, Van Gogh escribía acerca de los paisajes que visitaba en sus caminatas y paseos, sobre cómo plasmar la luz y el color de una llanura, de un rostro; cómo desde el motivo hasta la forma definitiva en el lienzo, luchaba por desarrollar el estilo por el que ahora todos lo conocemos… Algunos libros funcionan como aquella magdalena que llevó a Proust a escribir A la busca del tiempo perdido.

Leí por primera vez Cartas a Theo en unas circunstancias singulares, en un cuartel, y por recomendación de un compañero pintor, un amigo al que no he vuelto a ver. Pudo disponer de un cuarto con sus lienzos y pinceles, donde pasaba sus ratos libres. Lo recuerdo abriéndome la puerta de su refugio, con su bata blanca salpicada de óleo.

He abierto el libro por una página elegida al azar y he leído un párrafo. Luego he vuelto a cerrarlo:

«Tengo en marcha un nuevo motivo: campos en la lejanía, verdes y amarillos, que he dibujado ya dos veces y que comienzo en cuadro, absolutamente como un Salomón Goning, ya sabes, el alumno de Rembrandt, que hacía las inmensas campiñas planas…»

(21 de junio de 2019, viernes)

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El lector imaginado (the construed reader)

¿Para quién escribe el novelista? ¿Para los lectores, para sí mismo?

Estamos casi solos a la hora de escribir, casi tan solos como a la hora de leer. La autocrítica es una virtud literaria: en toda buena obra late la pulsión de dialogar, incluso discutir con uno mismo, con nuestras lecturas, con nuestros modelos literarios y con el texto, con un lector imaginado que es tan exigente como nosotros mismos. Una buena obra literaria es también el resultado de una lucha por perfeccionarla sin darla nunca por perfecta.

La autocomplacencia produce monstruos. Intentar complacer a los lectores produce, por lógica, obras complacientes.

(de la carta abierta a otro escritor, en Facebook, el 19 de junio de 2019, miércoles)

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¿Un lector imaginado, tan exigente como nosotros mismos?

«Yo no escribo para un millón de lectores, ni para diez mil, ni para cien… yo escribo para ti.» 

(aforismo incluido en el volumen Agua,
ACVF – La Vieja Factoría, 2016)

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Consulto a menudo la Wikipedia.

Los ilustrados Diderot y D’Alembert soñaron hace más de dos siglos con un gran compendio de todo el conocimiento humano. La titularon «Enciclopedia o diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios».

Primer tomo de la Enciclopedia

Aquellos primeros volúmenes, que en unas décadas serían más de cien, empequeñecen ante esta nueva enciclopedia en internet que sigue creciendo día a día, a cada hora.

De todos los recursos que internet y la revolución digital han incorporado a nuestras vidas, pienso que la Wikipedia es uno de los más beneficiosos. Ya ha transformado nuestra manera de pensar e interaccionar. No hay sabio que, en un debate, no sea cotejado con una consulta a un clic.

La Wikipedia hace cierto el diagnóstico que etiqueta a nuestra época como «Sociedad de la Información».

Esta nueva enciclopedia es deudora del concepto informacional del conocimiento y la cultura que irrumpió en la Ilustración. Pero hoy día ya intuimos que el conocimiento es más que información. Sucumbiremos bajo el peso de los bits si no aprendemos a seleccionar, a valorar y a olvidar. Seleccionar lo relevante, valorarlo de acuerdo con nuestros objetivos y el contexto, y olvidarlo si aquí y ahora no nos es útil: mañana, si es necesario, podremos recuperarlo en un instante.

Se diría que el conocimiento es en cierto modo un arte.

(10 de junio de 2019, lunes)

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Si retratas a otra persona con tus prejuicios, harás un pobre retrato de ti mismo.

(7 de junio de 2019, viernes)

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«Estudio de una lila» (1526), de Alberto Durero

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