Olga y la ciudad

¿Por qué creamos?
Un grupo de cineastas se enfrentan a una novela. Un perro cambiará para siempre su manera de afrontar la vida.

Varios cineastas se reúnen en una casa rural en el sur de España para elaborar un guión cinematográfico. Se nos narran de este modo dos historias: de fondo, una novela biográfica en la que se inspira la película; en otro plano, el de la convivencia de los guionistas y su proceso creativo. Sobre este ambiente, Olga y la ciudad plantea una reflexión muy de actualidad sobre la relación entre los lenguajes audiovisual y literario, los mecanismos de decisión de la industria cultural y, sobre todo, la creatividad artística.

Con Olga y la ciudad, José Marzo incita una reflexión actual… el estudio, el debate y la experiencia como estímulos para la genuina creatividad artística.

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Tres cineastas habían sido convocados a principios de otoño en una casa rural en el parque natural Sierra de Aracena.

Un par de días antes, el productor, Lisardo, les había enviado un correo electrónico para recordarles la fecha y precisar las señas, incluyendo las coordenadas GPS de la vivienda. Le gustaba intervenir en todas las fases de sus proyectos y decidió hacer un paréntesis en su estancia en Los Ángeles, donde promocionaba las carreras de dos actores españoles. El viaje en avión hasta Sevilla le llevó más de veinticuatro horas, con interminables escalas en Nueva York y Madrid: en la terminal 4 de Barajas no le quedó más remedio que comprarse una camisa nueva y asearse en los lavabos públicos. Por fortuna, su mujer, que había prolongado las vacaciones y se encontraba en la propia ciudad de Aracena, fue a recogerlo en coche al aeropuerto de Sevilla y él pudo hacer los casi cien kilómetros del trayecto de vuelta dormitando en los asientos traseros. Al volante, su mujer, pensativa, le miraba de hito en hito por el espejo retrovisor. En la penumbra del atardecer, buscó en el rostro de su marido la placidez del joven resuelto del que se había enamorado treinta años antes, tan distinto de este hombre corpulento, de piel curtida y mirada apagada.

El director y la guionista habían coincidido por la mañana en otro vuelo de Madrid a Sevilla con una compañía de bajo coste. Aunque habían hecho sus reservas por separado, pudieron viajar en asientos contiguos gracias a las gestiones de una azafata, que intercedió ante otro pasajero para que cambiara su plaza.

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