La alambrada

En la habitación de un hospital, un enfermo que agoniza conversa con su sobrino.

«Esta joya literaria, obra muy actual y abierta, por sus temas, por su tratamiento, se presta a una fácil -si no lógica- transformación en guión de película o en obra teatral (no en vano, detrás de ella se perciben procedimientos y efectos del gran teatro griego y norteamericano). A nadie debe sorprender que este elaborado y cuidadoso escrito, denso y ligero -a caballo de la novela corta y la novela-, combinación de relato de investigación, psicológico, social, ensayístico y filosófico, sin vanguardismos epatantes, brille, después de todo, en fondo y forma, por su frescura y su libertad expresivas». (Isidro Cabello Hernandorena, Revista Quimera)

*

Me telefonearon pasada la medianoche para decirme que mi tío había muerto.

—Te esperamos en la cafetería del hospital —se despidió mi madre—. Estamos todos.

Yo había conversado con él aquella misma tarde. Di por finalizada mi última clase quince minutos antes de la hora habitual y fui a visitarlo al hospital 12 de Octubre.

Las últimas veces ya había dejado de llamarme la atención la extrema delgadez de su rostro y de su cuerpo, que se marcaba bajo las sábanas, pero hoy se mostraba especialmente nervioso e irascible.

—Cierra la puerta —me pidió—. Y corre la cortina.

Por el pasillo iban y venían enfermos en bata, visitantes y alguna enfermera. La costumbre era que el acceso a las habitaciones permaneciera despejado, así que me limité a entornar la puerta. Regresé al centro de la habitación y corrí la cortina que la dividía. En la otra mitad se hallaba en cama un hombre ya viejo. Su cráneo calvo y sus mejillas hundidas asomaban por el embozo de la sábana y parecía dormir.

Frente a él había un televisor con el volumen al mínimo. Al lado de la cama, una señora gruesa con un vestido floreado reposaba en una butaca. Estaba descalza y había extendido las piernas. Tenía los ojos cerrados, pero deduje que no dormía por la posición de su cabeza, demasiado frontal.

—No me dará la satisfacción de morir antes que yo —dijo mi tío en voz baja—. Aquí me lo encontré el día que ingresé y aquí seguirá el día que me saquen con las piernas por delante.

*

 

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